Estimados lectores:
En ocasiones los libros llegan de manos de otras gentes, o de esas listas a las que se atan los clubes de lectura. Así me llegó pro primera vez esta obra de Carson McCullers, una autora que era para mi desconocida. Contar que unos meses después en un contenedor mientras recuperábamos libros con compañeros del Club Inklings Español el libro volvió a mi, y como la portada estaba rota uno de los compañeros realizó esta que veis en la foto y la integró al libro donde estaba la original de Seix Barral (espero que los de la editorial no se enfaden por esa restauración). El libro se quedó en depósito del grupo del Club de Lectura en A Coruña para su uso interno.
Dicho todo lo anterior tengo que decir que siempre cada lectura nos llega por un camino diferente, y siempre es el correcto para ese momento. Algunas veces los caminos se repiten y otras veces no, pero siempre es el camino de llegada correcto. Como ya os dije yo aterricé en la obra a través de un club de lectura, concretamente el club Arzúa Le, pero otros lo hacen a través de comentarios, de blogs o webs, palabras leídas o escuchadas en redes sociales e incluso por medio de comunicación más clásicos.
Si, es cierto que un conocido me dijo que no era un libro, y no es un libro, cómodo sino un libro con un latido constante y silencioso.
¿Y qué encontré?
Descubrí una novela que , desde la página uno parece escrita para crear incomodidad en algunos lectores. No por ser llamativa o de una narrativa estridente sino por la forma de obligarnos a mirar cara a cara aquello que tratamos de apartar de nuestra mirada: la soledad, la represión, el deseo que no encuentra cauce, la violencia que nace del silencio. La ambientación, una base militar, un microcosmos rígido, ritualizado, donde cada gesto parece dictado con antelación. En ese ambiente la autora despliega un escenario donde la humanidad late bajo la superficie, contenida, a punto de estallar.
La forma en que escribe tiene una lucidez feroz, incluso atroz. La prosa lenta y minuciosa, parece acechar al lector: sin prisa, pero sin posibilidad de poder huir. Las descripciones de la base, los barracones, los silencios que contribuyen a la atmósfera de la obra, opresiva, son mostrados como si se estuviéramos dentro y eso solo puede describirlo quien a estado dentro realmente. no es algo que se capte en una visita sino de quien vive ahí como pasa también en los cuarteles o en las comisarias. Eso se adhiere al lector como una piel sobre la piel y cuando se termina de leer es difícil de sacar.
Lo perturbador no es solo lo que ocurre, sino lo que deja entrever, lo insinuado. Carson McCullers no necesita mostrar el horror de forma explicita: solo necesita dejar la idea como una semilla. La homosexualidad reprimida, la infidelidad, la enfermedad mental, la violencia latente... Todo atrapado en las líneas de la novela, creando un malestar que va creciendo mientras se avanza en la lectura. Se banaliza el mal y se hace desde un entorno donde la norma pretende ser el sustituto de la humanidad, pero donde esta inevitablemente se abre paso con dureza y en su forma más oscura.
No es una novela ara emocionar ni entretener. Busca desestabilizar, crear dolor. Su grandeza está en esa valentía que nos obliga a mirar lo que no es patrimonio de monstruos excepcionales sino de cada uno de nosotros.
"Reflejos en un ojo dorado" divide, perturba y, por eso, es necesaria. Nos recuerda que la literatura no es solo consoladora: a veces está para mostrarnos nuestros fantasmas.
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