viernes, 16 de octubre de 2026

"EL QUIMÉRICO ÍNQUILINO" de Roland Topor

Estimados Lectores:

"Come away, o human child.

 To the waters and the wild 

With a faery, hand in hand..."

(William Butler Yeats, "The Stolen Child")

Fragmentos de obras como este llegan a nosotros como fantasmas cuando estamos entre libros. Por que en esos momentos descubrimos que hay libros que se leen y libros que nos leen. Libro que esperan inmóviles en una estantería hasta que llega el momento de abrirlos y otros que, desde tiempos insondables, parecen estar aguardándonos en un lugar tan recóndito como esa habitación mal iluminada que se esconde secreta en nuestra propia cabeza. "El Quimérico inquilino" pertenece a esta segunda especie de libros.

Después de que en el Club "Arzúa Le" nos lo entregasen. Recuerdo haber comenzado la novela una tarde cualquiera entre mayo y junio, con la misma disposición con la que una acepta una tarea como ordenar documentos, revisar un cajón olvidado, responder una carta atrasada. Nada anuncia el desorden. Nada índica que, un tiempo después, tendría la sensación de dejar algo importante atrás, sin saber concretamente qué.

Entré en el libro. Mientras lo leía vi como la lectura avanza de una forma extraña. No es un camino ni una caída. Se parece más a esas tardes fijadas en los edificios antiguos donde el silencio parece proceder de las paredes y no del ruido existente de gentes o vehículos. Uno sigue leyendo, intenta comprender. Se confía en que la siguiente página revelará el secreto detrás de esa inquietud. Pero Topor posee la cortesía cruel de quién no entrega jamás las llaves de la casa y ese misterio dura hasta después de terminar la lectura y uno se queda pensando durante horas.

Mientras avanzaba por los capítulos, reparé en una comparación absurda que regresaba una y otra vez a mi mente mientras leía: leer esta novela era como enfrentarse a un examen de oposición para bibliotecario de un pequeño ayuntamiento perdido en el remoto espacio de un provincia. No por la dificultad, sino por la naturaleza de la experiencia. Una mesa. Normas. Formularios. Procedimientos aparentemente inocentes. Todo perfectamente razonable. Y, sin embargo, bajo esa superficie burocrática nunca se consigue la plaza. Así empieza a crecer una sospecha indefinible, ¿por qué esta ficha debe rellenarse así? ¿por qué ese reglamento existe? ¿Quién decide que nunca consiga el objetivo? Poco a poco, el orden deja de parecer una garantía y empieza a parecer una amenaza. Lo mismo con la novela.

Eso es precisamente lo que consigue Topor. Convertir la normalidad en una conspiración silenciosa.

Por eso quiero terminar diciendo que a mi la lectura de esta novela me produce una sensación que rara vez veo en la literatura actual: la impresión de que el mundo está apenas unos centímetros desplazado de todo aquello que realmente es justo, honrado, honorable y bueno para las personas individuales y la sociedad en general.

Buena lectura. Os invito a leer y meditar sobre esta obra.