sábado, 17 de octubre de 2026

"LA NOCHE DE LA USINA" de Eduardo Sacheri

 

Lectores que este día tenéis libertad para vagar por Internet:

Apuesto lo que queráis a que siempre hay una vez primera en que alguien os ofrece leer un libro o conocer una persona. Sin embargo, algunas veces es todo un mundo cruzar de una esquina a otra de esa sala para conocer a esa persona, sea en un pub, discoteca o biblioteca, o ese libro, en una librería o biblioteca. Con todo es siempre importante aventurarse aún con la sospecha de no conseguir nada; pero, en todo momento con un pensamiento... Un pensamiento.

Muchas veces, el pensamiento con el que terminamos un libro cambia radicalmente cuando, justo después de cerrar sus páginas, nos enfrentamos a una película como Sirât, de Óliver Laxe. La lectura nos permite detenernos en los personajes, comprender sus decisiones y encontrar, incluso en las situaciones más injustas, una razón para seguir creyendo en las personas. El cine, en cambio, puede enfrentarnos de golpe a una realidad mucho más cruel, en la que no siempre hay explicaciones, justicia ni una recompensa para quienes luchan. Después de leer La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri, y ver Sirât, resulta inevitable preguntarse si la esperanza es una forma de resistencia o una manera de protegernos de aquello que no queremos aceptar. Ambas obras hablan, desde caminos muy diferentes, de seres humanos que intentan encontrar un sentido cuando las circunstancias parecen haber decidido por ellos.

En la novela de Sacheri, la injusticia no aparece como algo abstracto, sino como una experiencia concreta que se mete en la vida cotidiana de un pueblo argentino. La crisis económica, el engaño y la pérdida de los ahorros afectan a personas que habían depositado sus esperanzas en un proyecto colectivo. Lo interesante es que Sacheri no convierte a sus protagonistas en héroes extraordinarios: son personas corrientes, con sus manías, sus contradicciones, sus recuerdos y sus pequeñas miserias. Precisamente por eso resulta tan fácil comprenderlos. Como tal vez señalen muchos críticos, uno de los grandes aciertos de la novela es su capacidad para combinar la introspección psicológica con una narración coral, equilibrando la emoción con la audacia del argumento. No se trata solamente de recuperar el dinero perdido, sino de recuperar algo mucho más difícil: la sensación de que todavía pueden hacer algo con sus propias vidas.

Está claro el notorio talento de Sacheri que convierte con facilidad la novela en un alimento o bebida nacido en un campo inmenso sobrante de aire, olores e historias. Un alimento o bebida que es el testimonio de un ambiente, unos personajes cuyo mayor orgullo parece ser no envenenarse de culpa pero a los que parece que la culpa corroe como la bebida que se termina en ese termo rosa que una joven de gafas tiene a su mano mientras estudia en la mesa situada en esa esquina al otro lado de esa sala de la que hablábamos. Y, ¿Qué podemos estudiar aquí de la novela? Pienso que el estilo narrativo para empezar.

El estilo narrativo que se aprecia en las páginas de Sacheri se apoya especialmente en los diálogos, la observación de los gestos y una voz narradora que conoce las debilidades de sus personajes sin juzgarlos de manera implacable. Las conversaciones entre Perlassi, Lorgio y los demás protagonistas avanzan con una naturalidad que recuerda a las discusiones escuchadas en un bar, en un taller o en la sobremesa de cualquier casa. Hay ironía, desconfianza, silencios incómodos y frases que parecen no tener demasiada importancia hasta que revelan lo que alguien lleva tiempo guardándose. El lenguaje es accesible, pero no por ello superficial: detrás de una conversación sobre dinero, un negocio o una decisión aparentemente insignificante se esconden el orgullo, el miedo al fracaso y la necesidad de sentirse respetado. Sacheri consigue así que el lector conozca a los personajes no tanto por lo que dicen de sí mismos como por la manera en que hablan de los demás.

Otro aspecto destacable es la construcción de los personajes a través de sus acciones y de sus recuerdos. Perlassi, por ejemplo, representa una forma de entender la vida basada en la honradez, el trabajo y la responsabilidad, aunque la experiencia le obligue a enfrentarse a la fragilidad de esos principios cuando las reglas del juego favorecen a los tramposos. En las escenas que se reproducen a lo largo de la novela se observa cómo una conversación aparentemente práctica puede transformarse en una reflexión sobre el dinero, la confianza o las decisiones que uno toma cuando ya no quedan demasiadas alternativas. El narrador no necesita detenerse constantemente a explicar lo que sienten los protagonistas: basta con un gesto, una respuesta evasiva o una mirada para que aparezcan sus preocupaciones. Esa atención a los detalles cotidianos aporta humanidad a una historia que, de otro modo, podría haberse quedado en una sencilla aventura de venganza.

Sin embargo, la novela no se limita a presentar a un grupo de perjudicados que decide devolver el golpe a quienes los han engañado. Su dimensión más interesante está en la relación entre la justicia y la revancha. Cuando las instituciones dejan de ofrecer confianza y la legalidad parece proteger al más poderoso, los protagonistas empiezan a imaginar una solución por su cuenta. El lector comprende su indignación porque ha acompañado sus pérdidas y conoce sus motivos, pero esa cercanía también plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto podemos justificar una acción porque la consideramos una respuesta a una injusticia anterior? Sacheri juega con esa frontera sin convertir a sus personajes en modelos morales perfectos. La solidaridad que los une es admirable, aunque la operación que preparan también nace de la rabia y del deseo de reparar una humillación. Esa ambigüedad hace que la historia funcione más allá de su intriga.

Y quizá sea precisamente en ese punto donde el lector vuelve a encontrarse caminando por aquella sala del principio. Porque hay libros que se parecen a una conversación escuchada desde lejos y libros que obligan a levantarse de la silla para averiguar quién está hablando. La noche de la Usina pertenece a esta segunda clase. Uno comienza observando un problema ajeno, una estafa ocurrida en un lugar concreto, a personas concretas, y termina descubriendo algo que no le resulta extraño. Las preguntas que plantea dejan de pertenecer únicamente a Perlassi y a los demás habitantes del pueblo para instalarse silenciosamente en quien lee. ¿Qué haríamos nosotros ante una humillación semejante? ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar para recuperar no solo lo perdido, sino también el respeto hacia nosotros mismos?

Tal vez por eso la novela posee esa rara capacidad de ensancharse más allá de su argumento. Cuando cerramos sus páginas ya no estamos pensando únicamente en el plan, en los engaños o en las consecuencias de cada decisión. Estamos pensando en las personas que hemos conocido durante el trayecto. Como sucede cuando finalmente cruzamos la sala para hablar con alguien cuya presencia nos intrigaba desde la distancia, entendemos que la verdadera recompensa no consiste en resolver un misterio, sino en comprender algo más de quienes tenemos delante y, acaso también, algo más de nosotros mismos.

En este sentido, La noche de la Usina tiene algo profundamente argentino y, al mismo tiempo, universal. El trasfondo de la crisis económica y la desconfianza hacia quienes manejan el poder remite a una experiencia histórica concreta, pero la novela habla también de cualquier comunidad que se siente abandonada por quienes deberían protegerla. La Usina, el pueblo y sus habitantes adquieren una dimensión colectiva: representan un mundo pequeño en el que todos conocen las dificultades de los demás y en el que una desgracia individual termina afectando al conjunto. Frente al engaño, la respuesta no surge de un individuo aislado, sino de la cooperación. La novela reivindica así una forma de resistencia modesta, construida con ingenio, paciencia y complicidad, en la que la amistad no elimina los problemas, pero permite que las personas dejen de afrontarlos solas.

La comparación con Sirât introduce, no obstante, una diferencia esencial. En la película de Laxe, la búsqueda de una hija desaparecida se convierte en un viaje físico y emocional por un paisaje que parece indiferente al sufrimiento humano. Su relato, más sensorial y radical, no ofrece el mismo refugio en la complicidad de un grupo ni la misma confianza en la capacidad de los personajes para corregir el rumbo de los acontecimientos. Pero a pesar de ello hay que destacar precisamente su condición de parábola abierta, una película que obliga al espectador a buscar un sentido propio en lo que contempla. Mientras Sacheri construye una historia en la que el ingenio y la unión permiten imaginar una respuesta a la injusticia, Sirat confronta al espectador con la vulnerabilidad, el duelo y la posibilidad de que el mundo no proporcione una explicación satisfactoria. Vista inmediatamente después de la novela, la película puede hacer que su desenlace esperanzador parezca menos una certeza sobre la vida que una conquista de la ficción.

Quizá ahí se encuentre la mayor virtud de la novela de Sacheri: no en convencernos de que las personas honradas siempre terminan ganando, sino en recordarnos que la derrota económica o social no tiene por qué ser también una derrota moral. Su narración cercana, irónica y coral permite que una historia de estafas y planes se convierta en una reflexión sobre la dignidad, la memoria y la necesidad de pertenecer a una comunidad. Sirât, por su parte, amplía la perspectiva y nos recuerda que no todas las heridas pueden repararse mediante la voluntad o la solidaridad. Las dos obras se encuentran, pese a sus diferencias, en su atención a personajes que siguen avanzando incluso cuando han perdido el control de sus circunstancias. Al terminar La noche de la Usina, uno puede sentir que la inteligencia compartida abre una puerta; después de Sirât, quizá comprenda que esa puerta no siempre existe. Pero la esperanza de Sacheri no pierde valor por ello: se vuelve más humana, menos ingenua y, precisamente por eso, más necesaria.

Por consiguiente, decididamente es una obra que debéis tratar de leer con detenimiento.