lunes, 2 de febrero de 2026

Una lectura fuera de tiempo: "EL GATOPARDO" de Giuseppe Tomasi di Lampedusa

“Ejemplares de El Gatopardo. Libros leídos, releídos y marcados por el tiempo, como la propia novela.”
Lectores:

En diversas ocasiones las lecturas nos llevan por caminos que terminan donde uno no se lo espera. Terminaba yo de ver hacía nada la película de "El Gatopardo" en televisión cuando desde uno de los clubes de lectura en los que estoy tocó leer la novela.

Obviamente, mi lectura estaba influida por las lecturas precedentes de Verne y haber visto la película en un mismo arco de tiempo. 

Más llegue a poder constatar de esta obra lo siguiente. 

Muchos concuerdan en que esta obra de Lampedusa es una de las más relevantes del s. XX en Italia, tal vez por la igualdad entre revuelo y admiración que despertó entre los lectores italianos de su época.

Personalmente, después de leerla no soy capaz de definirla como novela historica, pues crreo que es más una novela que juega con la apariencia y el contexto de la historia para contar un "algo" que se intuye en toda la obra pero que tarda uno en descubrir: la psicología de las personas y la sociedad en la que viven.

En este sentido cobra especial relevancia la célebre frase: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. No funciona únicamente como un aforismo ingenioso ni como una síntesis política del Risorgimento italiano, sino como una clave psicológica y moral de toda la novela. El cambio no aparece aquí como progreso auténtico, sino como una estrategia de conservación: se modifican las formas, los nombres y los símbolos para que las estructuras profundas —sociales, morales y humanas— permanezcan intactas. Esta idea recorre la obra como una corriente subterránea que condiciona tanto a los personajes como al lector, obligándolo a preguntarse hasta qué punto el movimiento histórico es real o solo una ilusión cuidadosamente escenificada.

La mirada de centra en el Principe de Salina y, por asi decirlo, cieto ambiente de nobleza y burguesía, de politica y politizables que son siervos sin saberlo o sabiendolo claramente de arquetipos y costumbres. El autor juega con el tiempo y los sucesos dependiendo de la necesidad narrativa y el contexto al que se quiere llegar. Mñas estoy seguro que el autor conseguiría el mismo efecto en el lector de lentitud y cadencia narrativa si el protagonista fuese un mendigo, o un espúa, o alguien que huye de algo y toda la acción se rodease de ese otro ambiente o ambientes en muchos casos contrapuestos al que aquí encontramos y se nos presenta.

Esta lectura conecta de forma natural con otras grandes novelas del siglo XX que utilizan la historia como telón de fondo más que como verdadero motor del relato. Pienso, por ejemplo, en Doctor Zhivago, donde la Revolución rusa tampoco es el centro emocional de la obra, sino el marco dentro del cual se exploran la identidad, la fidelidad a uno mismo y la erosión de los ideales. Tanto Lampedusa como Pasternak parecen coincidir en que los grandes cambios históricos importan menos por lo que prometen que por lo que revelan de la fragilidad humana y de la dificultad de vivir con coherencia cuando el mundo se redefine constantemente.

De una forma narrativa con un ritmo anticuado para el s. XX y no digamos para el s. XXI se descubre como un juego con el lector al que de inicio le parecera tan pedante, hedonista y egocéntrica como el protagonista . Es un juego, y no creo que sea un problema sino una concesión desde el presente del autor al futuro de quienes la lean para que recuerden otra forma de narrar como otra forma de vivir.

En este juego con el lector también se despliegan ideas muy concretas sobre la virtud, la educación, la seducción y el carisma. El Príncipe de Salina no destaca por una moral ejemplar en sentido estricto, sino por una forma de dignidad consciente de sus límites. Su educación y su cultura funcionan más como un refugio interior que como un instrumento de poder, y su carisma no nace de la acción sino de la lucidez y la aceptación del propio ocaso. Frente a él, otros personajes encarnan una seducción más pragmática, adaptada a los nuevos tiempos, donde la apariencia de modernidad sustituye al contenido ético sin que ello implique una mejora real.

En contraste con estas figuras, el sacerdote —lejos de ser un mero elemento decorativo— actúa como una voz de la conciencia colectiva, no siempre escuchada ni respetada, pero persistente. Representa una moral que no se adapta al ritmo del cambio político ni social y que, precisamente por eso, resulta incómoda. No es tanto un juez como un recordatorio constante de aquello que se pierde cuando la astucia sustituye a la ética y cuando el acomodo se impone sobre la reflexión.

Sociedad, historia, romance... La obra expone y se expone hablando de defectos tanto como de virtudes señalando lacras a corregir, abusos que repudiar pero también  valores y tradiciones que se han ido perdiendo, olvidando, ocultando pero que siguen prevaleciendo bajo la fachada de modernidad que hay en nuestros días.

Todo ello no podría entenderse sin Sicilia, que no es solo el escenario sino un personaje más de la novela. Una Sicilia inmóvil y contradictoria, cargada de belleza, decadencia y fatalismo, que condiciona a quienes la habitan tanto como sus propias decisiones. La isla actúa como una fuerza silenciosa que moldea el carácter de sus gentes, reforzando la sensación de que el tiempo allí no avanza, sino que gira sobre sí mismo. En ese sentido, la imposibilidad del cambio no es solo política o social, sino casi geográfica, climática y espiritual.

Creo no haberla disfrutado como debiese pues el cine me condiconó como antes dije mucho la lectura. Sin embargo, pienso darle un tiempo y volver a leerla sin tiempos, ni prisas no la presión de leerla dentro del plazo de un club de lectura.

Vosotros si podéis leedla antes de ver la película. Leedla y no la desechéis por parecer lenta.