lunes, 19 de enero de 2026

"MIGUEL STROGOFF" de Julio Verne

 

Buenos lectores:

Hoy quiero defender, con calma y convicción, este libro. La razón es sencilla: desde hace años he leído y escuchado una idea muy repetida en distintos ámbitos —colegios, institutos, universidades, clubes de lectura, espacios críticos e incluso entre comentaristas literarios— y considero que merece, cuando menos, una reflexión más matizada. No se trata de desacreditar a nadie, sino de evitar que otros lectores caigan en un prejuicio que empobrece la experiencia lectora.

Se dice a menudo que, cuando uno pasa de los treinta años, no debería volver a leer aquellos libros que marcaron su infancia o adolescencia; que hacerlo es una señal de inmadurez, de nostalgia mal entendida, o incluso de un supuesto “síndrome de Peter Pan”. A mi juicio, esta idea es un error. No es mi intención convencer a quien ya está firmemente instalado en esa postura, pero sí invitar a otros a cuestionarla antes de asumirla como una verdad incuestionable.

Es cierto que, en un primer momento, leer esta obra —ya sea en formato de novela o de cómic— supone para mí, como para muchos otros lectores, un regreso a la infancia y a la juventud. Volver a mis primeras lecturas largas. Algo similar me ocurre con autores como Daniel Defoe, Jonathan Swift, Enid Blyton o Arthur Conan Doyle. Esta novela fue, junto a otras, uno de los grandes viajes de mi tiempo en hospitales, cuando era niño o adolescente, en momentos sin televisión y con mucho tiempo para leer y pensar.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿qué relevancia tiene haber leído esta novela sin distracciones en el pasado y volver a hacerlo, quizá, en el presente?

La respuesta es sencilla. Muchos lectores, cuando se acercan a esta obra, solo perciben una novela de aventuras: valor, coraje, amor, heroísmo. Y es cierto que todo eso está ahí; sería absurdo negarlo. Es lo primero que vemos, tengamos doce años u ochenta. Esa invitación al espíritu de aventura es inmediata. Sin embargo, quien se detiene un poco más descubre que, de forma paralela, la novela habla también de traición, engaño y violencia, realidades que no nos son ajenas en absoluto en el mundo actual, tal y como vemos a diario en las noticias, especialmente cuando el poder —o quienes creen ostentarlo— entra en juego.

La obra nos habla de guerras entre rusos y tártaros de una forma que, salvando las distancias históricas, recuerda a cómo hoy se informa sobre conflictos contemporáneos, como el de Rusia y Ucrania. Nos muestra qué sucede cuando las personas se dejan arrastrar por ideas que avasallan a poblaciones enteras, cuando la sociedad cae en sus pasiones más viles y cuando muchos no solo desean su propio “feudo”, sino también el del vecino.

¿No resulta todo esto inquietantemente familiar para quien observa el mundo a través de la televisión o los medios actuales? Ya lo decía el propio Verne: para escribir, primero había que informarse y observar la realidad con atención.

He de decir que esta lectura me recordó Las aventuras de César Cascabel, y considero que ambas novelas deberían leerse juntas: esta última que acabo de citar y, como punto de partida, la obra de la que hablamos en este comentario.

Hoy contamos con autores y autoras de gran talento: Ken Follett, Pérez-Reverte, Teo Palacios, Francisco Narla, Almudena Grandes, Dolores Redondo, entre muchos otros. Sin embargo, siendo sincero, creo que pocos de ellos poseen esa capacidad de perdurar en el corazón y en el recuerdo del lector como lo hace Julio Verne en esta novela —y en otras de su obra—. No se trata de una comparación despectiva, sino de reconocer una forma distinta y profunda de conexión con el lector.

Miguel Strogoff es, en este sentido, una obra especialmente significativa. En ella, Verne abre una ventana al análisis de una amplia galería de hechos, comportamientos y personajes que podrían encontrarse, sin demasiada dificultad, entre nuestros propios vecinos, dentro del marco social y político de cualquier país: España, Francia, Rusia, Estados Unidos, Canadá, Dinamarca o la India. Todo ello nos lo presenta con la maestría de los mejores escritores costumbristas y realistas de su época y de épocas precedentes, de quienes muchos —yo el primero— aún tenemos mucho que aprender.

Por todo ello, recomiendo esta novela tanto a lectores de once, doce o quince años como a quienes cuentan con ochenta. Porque en cada etapa de la vida, en cada relectura, con cada nueva edad, se descubren matices distintos y se aprende algo nuevo que puede iluminar nuestro mundo actual, sea el de hoy o el del mañana.