martes, 10 de febrero de 2026

"VIVIR Y APRENDER" de Bruno Lernout

 

Buenos lectores:

"Vivir y aprender" se sitúa en una frontera difusa entre la autobiografía, el relato de formación y la reflexión ética, algo especialmente significativo en un tiempo acelerado donde la vida parece haber perdido aquella musicalidad pausada —ya no clásica, quizá ni siquiera jazz a lo Erroll Garner— que permitía mirar el pasado como parte viva del presente. Vivimos en un mundo intenso y fluido donde, aun sin concebir la existencia como un proceso lineal, seguimos bajo el peso de lo que nos precede. En ese contexto, Bruno Lernout no escribe para construir un personaje literario, sino para comprenderse a sí mismo y, en ese gesto honesto, invitar al lector a hacer lo mismo. Desde el inicio queda claro que no se trata solo de contar una historia, sino de explicar por qué se es como se es.

El libro avanza de forma episódica, casi conversacional, encadenando recuerdos familiares, trabajos, viajes y encuentros fortuitos. Esa estructura fragmentaria conecta con una manera de entender la vida como una suma de experiencias que continúan resonando en el presente. La figura del abuelo pacifista, marcado por las guerras mundiales, y la de unos padres portadores de valores diversos y a veces contradictorios —cristianos, nacionalistas, socialistas y racionales— configuran una identidad que se construye más a partir de preguntas que de certezas.

Es en este ambiente donde descubrimos cómo nos seducen obras como esta donde un hombre, con cuentos o historias relatadas de forma corta, habla de su paso por el mundo. Y, con sencillez, nos invita a buscar libros de viajes y vidas como si fuese un David Garrick (aquel actor que devolvió a Shakespeare al centro del escenario) reaviviando el interés por Shakespeare.

A partir de aquí, este libro seduce por esos pequeños relatos personales que acompañan a un hombre en su tránsito por el mundo. Lernout parece invitarnos, con una sencillez casi pedagógica, a mirar con más atención, del mismo modo que un maestro invita a sus alumnos a descubrir el secreto oculto de un cuento aparentemente infantil. Aquí no puedo evitar recordar a mi profesor de 2º de EGB, Xosé Dopico, en el Colegio Virxe da Cela de O Xestal, en Monfero, cuando nos pedía que leyésemos con detenimiento "El gato con botas" de Charles Perrault para descubrir su secreto. A pesar de la diferencia de tono, he visto algo semejante en este libro: también aquí hay una “parte secreta” del viaje, algo que solo se revela a quien lee con atención.

Uno de los hilos más sugerentes del libro es la relación entre el contexto histórico y las decisiones individuales. El episodio del abuelo en Skopje tras el terremoto, descubierto casi por azar muchos años después, muestra cómo la memoria familiar se entrelaza con la Historia en mayúsculas. No hay épica ni grandilocuencia, sino una constatación serena de cómo los grandes acontecimientos dejan huellas íntimas y silenciosas. Puede hablarse, así, de una doble genealogía del destino: la que depende de nuestras decisiones y la que nos precede y condiciona.

Lernout no idealiza su recorrido vital. Aparecen la precariedad, los errores y la culpa —como en el pasaje de los alemanes que donan plasma por necesidad— junto a situaciones límite como la deserción, el uso de documentos falsos o la supervivencia en distintos países europeos. Estos episodios no se presentan como justificación, sino como parte de un aprendizaje duro, ambiguo y moralmente complejo. Aquí resuena, aunque desde otro registro, la idea de André Gide: siempre existe en la vida humana un acto que no responde a una finalidad clara. Pero, a diferencia del francés, Lernout no recurre a la sátira; su tono es sobrio, directo, casi teatral sin proponérselo, como si algunos pasajes pudieran inspirar una pieza escénica.

En la segunda mitad del libro, la reflexión se vuelve más explícita. La enfermedad, la búsqueda de terapias alternativas y la desconfianza ante respuestas simples introducen una dimensión casi filosófica: la unión entre cuerpo y mente y, al mismo tiempo, la frustración de no hallar una explicación definitiva. Incluso cuando aparece la ironía —como en el episodio del médico ayurvédico— persiste una inquietud auténtica por comprender qué significa cuidarse y vivir bien.

Los capítulos ambientados en Arzúa, la biblioteca y las relaciones cotidianas aportan un contrapunto de calma. Tras el movimiento constante, los viajes y las crisis, el libro sugiere que el aprendizaje no ocurre solo en situaciones extremas, sino también en la vida común, en los vínculos sencillos y en la observación atenta de los demás. "Vivir y aprender" no ofrece una moraleja universal ni un secreto revelado; su valor reside en mostrar una vida atravesada por contradicciones, dudas y revisiones constantes. No enseña cómo vivir, sino cómo pensar la propia experiencia, y ahí radica su verdadera fuerza.

lunes, 2 de febrero de 2026

Una lectura fuera de tiempo: "EL GATOPARDO" de Giuseppe Tomasi di Lampedusa

“Ejemplares de El Gatopardo. Libros leídos, releídos y marcados por el tiempo, como la propia novela.”
Lectores:

En diversas ocasiones las lecturas nos llevan por caminos que terminan donde uno no se lo espera. Terminaba yo de ver hacía nada la película de "El Gatopardo" en televisión cuando desde uno de los clubes de lectura en los que estoy tocó leer la novela.

Obviamente, mi lectura estaba influida por las lecturas precedentes de Verne y haber visto la película en un mismo arco de tiempo. 

Más llegue a poder constatar de esta obra lo siguiente. 

Muchos concuerdan en que esta obra de Lampedusa es una de las más relevantes del s. XX en Italia, tal vez por la igualdad entre revuelo y admiración que despertó entre los lectores italianos de su época.

Personalmente, después de leerla no soy capaz de definirla como novela historica, pues crreo que es más una novela que juega con la apariencia y el contexto de la historia para contar un "algo" que se intuye en toda la obra pero que tarda uno en descubrir: la psicología de las personas y la sociedad en la que viven.

En este sentido cobra especial relevancia la célebre frase: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. No funciona únicamente como un aforismo ingenioso ni como una síntesis política del Risorgimento italiano, sino como una clave psicológica y moral de toda la novela. El cambio no aparece aquí como progreso auténtico, sino como una estrategia de conservación: se modifican las formas, los nombres y los símbolos para que las estructuras profundas —sociales, morales y humanas— permanezcan intactas. Esta idea recorre la obra como una corriente subterránea que condiciona tanto a los personajes como al lector, obligándolo a preguntarse hasta qué punto el movimiento histórico es real o solo una ilusión cuidadosamente escenificada.

La mirada de centra en el Principe de Salina y, por asi decirlo, cieto ambiente de nobleza y burguesía, de politica y politizables que son siervos sin saberlo o sabiendolo claramente de arquetipos y costumbres. El autor juega con el tiempo y los sucesos dependiendo de la necesidad narrativa y el contexto al que se quiere llegar. Mñas estoy seguro que el autor conseguiría el mismo efecto en el lector de lentitud y cadencia narrativa si el protagonista fuese un mendigo, o un espúa, o alguien que huye de algo y toda la acción se rodease de ese otro ambiente o ambientes en muchos casos contrapuestos al que aquí encontramos y se nos presenta.

Esta lectura conecta de forma natural con otras grandes novelas del siglo XX que utilizan la historia como telón de fondo más que como verdadero motor del relato. Pienso, por ejemplo, en Doctor Zhivago, donde la Revolución rusa tampoco es el centro emocional de la obra, sino el marco dentro del cual se exploran la identidad, la fidelidad a uno mismo y la erosión de los ideales. Tanto Lampedusa como Pasternak parecen coincidir en que los grandes cambios históricos importan menos por lo que prometen que por lo que revelan de la fragilidad humana y de la dificultad de vivir con coherencia cuando el mundo se redefine constantemente.

De una forma narrativa con un ritmo anticuado para el s. XX y no digamos para el s. XXI se descubre como un juego con el lector al que de inicio le parecera tan pedante, hedonista y egocéntrica como el protagonista . Es un juego, y no creo que sea un problema sino una concesión desde el presente del autor al futuro de quienes la lean para que recuerden otra forma de narrar como otra forma de vivir.

En este juego con el lector también se despliegan ideas muy concretas sobre la virtud, la educación, la seducción y el carisma. El Príncipe de Salina no destaca por una moral ejemplar en sentido estricto, sino por una forma de dignidad consciente de sus límites. Su educación y su cultura funcionan más como un refugio interior que como un instrumento de poder, y su carisma no nace de la acción sino de la lucidez y la aceptación del propio ocaso. Frente a él, otros personajes encarnan una seducción más pragmática, adaptada a los nuevos tiempos, donde la apariencia de modernidad sustituye al contenido ético sin que ello implique una mejora real.

En contraste con estas figuras, el sacerdote —lejos de ser un mero elemento decorativo— actúa como una voz de la conciencia colectiva, no siempre escuchada ni respetada, pero persistente. Representa una moral que no se adapta al ritmo del cambio político ni social y que, precisamente por eso, resulta incómoda. No es tanto un juez como un recordatorio constante de aquello que se pierde cuando la astucia sustituye a la ética y cuando el acomodo se impone sobre la reflexión.

Sociedad, historia, romance... La obra expone y se expone hablando de defectos tanto como de virtudes señalando lacras a corregir, abusos que repudiar pero también  valores y tradiciones que se han ido perdiendo, olvidando, ocultando pero que siguen prevaleciendo bajo la fachada de modernidad que hay en nuestros días.

Todo ello no podría entenderse sin Sicilia, que no es solo el escenario sino un personaje más de la novela. Una Sicilia inmóvil y contradictoria, cargada de belleza, decadencia y fatalismo, que condiciona a quienes la habitan tanto como sus propias decisiones. La isla actúa como una fuerza silenciosa que moldea el carácter de sus gentes, reforzando la sensación de que el tiempo allí no avanza, sino que gira sobre sí mismo. En ese sentido, la imposibilidad del cambio no es solo política o social, sino casi geográfica, climática y espiritual.

Creo no haberla disfrutado como debiese pues el cine me condiconó como antes dije mucho la lectura. Sin embargo, pienso darle un tiempo y volver a leerla sin tiempos, ni prisas no la presión de leerla dentro del plazo de un club de lectura.

Vosotros si podéis leedla antes de ver la película. Leedla y no la desechéis por parecer lenta.

lunes, 19 de enero de 2026

"MIGUEL STROGOFF" de Julio Verne

 

Buenos lectores:

Hoy quiero defender, con calma y convicción, este libro. La razón es sencilla: desde hace años he leído y escuchado una idea muy repetida en distintos ámbitos —colegios, institutos, universidades, clubes de lectura, espacios críticos e incluso entre comentaristas literarios— y considero que merece, cuando menos, una reflexión más matizada. No se trata de desacreditar a nadie, sino de evitar que otros lectores caigan en un prejuicio que empobrece la experiencia lectora.

Se dice a menudo que, cuando uno pasa de los treinta años, no debería volver a leer aquellos libros que marcaron su infancia o adolescencia; que hacerlo es una señal de inmadurez, de nostalgia mal entendida, o incluso de un supuesto “síndrome de Peter Pan”. A mi juicio, esta idea es un error. No es mi intención convencer a quien ya está firmemente instalado en esa postura, pero sí invitar a otros a cuestionarla antes de asumirla como una verdad incuestionable.

Es cierto que, en un primer momento, leer esta obra —ya sea en formato de novela o de cómic— supone para mí, como para muchos otros lectores, un regreso a la infancia y a la juventud. Volver a mis primeras lecturas largas. Algo similar me ocurre con autores como Daniel Defoe, Jonathan Swift, Enid Blyton o Arthur Conan Doyle. Esta novela fue, junto a otras, uno de los grandes viajes de mi tiempo en hospitales, cuando era niño o adolescente, en momentos sin televisión y con mucho tiempo para leer y pensar.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿qué relevancia tiene haber leído esta novela sin distracciones en el pasado y volver a hacerlo, quizá, en el presente?

La respuesta es sencilla. Muchos lectores, cuando se acercan a esta obra, solo perciben una novela de aventuras: valor, coraje, amor, heroísmo. Y es cierto que todo eso está ahí; sería absurdo negarlo. Es lo primero que vemos, tengamos doce años u ochenta. Esa invitación al espíritu de aventura es inmediata. Sin embargo, quien se detiene un poco más descubre que, de forma paralela, la novela habla también de traición, engaño y violencia, realidades que no nos son ajenas en absoluto en el mundo actual, tal y como vemos a diario en las noticias, especialmente cuando el poder —o quienes creen ostentarlo— entra en juego.

La obra nos habla de guerras entre rusos y tártaros de una forma que, salvando las distancias históricas, recuerda a cómo hoy se informa sobre conflictos contemporáneos, como el de Rusia y Ucrania. Nos muestra qué sucede cuando las personas se dejan arrastrar por ideas que avasallan a poblaciones enteras, cuando la sociedad cae en sus pasiones más viles y cuando muchos no solo desean su propio “feudo”, sino también el del vecino.

¿No resulta todo esto inquietantemente familiar para quien observa el mundo a través de la televisión o los medios actuales? Ya lo decía el propio Verne: para escribir, primero había que informarse y observar la realidad con atención.

He de decir que esta lectura me recordó Las aventuras de César Cascabel, y considero que ambas novelas deberían leerse juntas: esta última que acabo de citar y, como punto de partida, la obra de la que hablamos en este comentario.

Hoy contamos con autores y autoras de gran talento: Ken Follett, Pérez-Reverte, Teo Palacios, Francisco Narla, Almudena Grandes, Dolores Redondo, entre muchos otros. Sin embargo, siendo sincero, creo que pocos de ellos poseen esa capacidad de perdurar en el corazón y en el recuerdo del lector como lo hace Julio Verne en esta novela —y en otras de su obra—. No se trata de una comparación despectiva, sino de reconocer una forma distinta y profunda de conexión con el lector.

Miguel Strogoff es, en este sentido, una obra especialmente significativa. En ella, Verne abre una ventana al análisis de una amplia galería de hechos, comportamientos y personajes que podrían encontrarse, sin demasiada dificultad, entre nuestros propios vecinos, dentro del marco social y político de cualquier país: España, Francia, Rusia, Estados Unidos, Canadá, Dinamarca o la India. Todo ello nos lo presenta con la maestría de los mejores escritores costumbristas y realistas de su época y de épocas precedentes, de quienes muchos —yo el primero— aún tenemos mucho que aprender.

Por todo ello, recomiendo esta novela tanto a lectores de once, doce o quince años como a quienes cuentan con ochenta. Porque en cada etapa de la vida, en cada relectura, con cada nueva edad, se descubren matices distintos y se aprende algo nuevo que puede iluminar nuestro mundo actual, sea el de hoy o el del mañana.


viernes, 16 de enero de 2026

"UNA TEMPORADA PARA SILVAR" de Ivan Doig

 

Saludos a todos:

A la espera de un comentario completo, argumentado e incluso hermoso tendré que escribir estas pobres palabras hoy.

Veamos. Esta obra llegó a mi casi sin ruido, sin crear incómodos silencios y sin decir en ningún momento "aquí estoy". Por ello me dispuse a leerla con calma, con parsimonía, con gusto por la lectura que deseaba hacer.

Sin embargo, no todas las lecturas se hacen como se quieren. Mi primer error fue no recordar que era un libro de lectura dentro de un club de lectura. Mi segundo error fue apuntar mal la fecha de la reunión del club de lecturo. De este triste modo, lo que sería un lectura tranquila y calmada que terminaría el día 19 de enero de este 2026 terminó mucho antes, el día 10. Con ello mis esperanzas de leerla completa.

Más en lo poco que leí la obra me llevo a mis lecturas de infancia, juventud y adolescencia. Me llevó a autores coomo Mark Twain, Dickens o como en España Miguel Delibes o Pio Baroja. Me pareció una gran lectura, pero no he podido analizarla mor el momento más.

La razón es que no pasé ni de la mitad del libro, pues lo estaba leyendo con la misma calma que leo los que tengo en casa y que no tengo que devolver. Más prometo, y puedo prometer que lo leeré completo y ampliaré estas palabras. Aquí en esta misma publicación para que no tengáis que estar saltando por el blog.

Si puedo decir que en lo que he leido lo recomiendo.